Tiempo de hordas (III): El día después, la horda ataca e impone la muerte.

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José Angel Quintero Weir

En memoria de Paúl Moreno, asesinado vilmente por protegidos del gobierno de la “revolución”.

Ya Victor Hugo había dicho algo como: no se es miserable por ser pobre, sino por no tener corazón.

Ramón Zarro es un genio del oportunismo; por eso, hoy todos lo conocen (no lo dicen), como un importante “enchufado” de la “revolución” sin que él sepa, ni le interese, lo que la palabra “revolución” pueda significar, porque Ramón Zarro sólo es un fabricante de dinero. Por eso mismo, todo el que se interpone en su camino y monetaria ambición, termina pagando el precio. Esta lección muy bien la ha aprendido su aventajado vástago, Ramoncito, quien, además, cuenta con total libertad de inhalar toda la cocaína que le sea posible aspirar, sin costo y sin consecuencias. 

Eso pudo demostrarlo ese día, cuando una protesta estudiantil de la hoy desaparecida Universidad del Zulia, se atrevió a impedir el paso de la camionetota que Ramoncito conducía; porque entonces, él y su novia (hay quien diga que fue su novia), bien curdos de perico, whiskey y anfetaminas, decidieron pasar por encima de los estudiantes de medicina que acompañaban la manifestación como auxilio médico a cualquier herido. Hablando con propiedad, nadie sabe hoy con certeza si fue Ramoncito o su drogadicta novia quien conducía, lo cierto es que ambos, cubiertos de impunidad, pusieron la reversa para una segunda embestida en la que aplastaron de nuevo el pecho del estudiante de medicina quien, inerte, yacía sobre la carretera. Ellos sólo se aseguraban de la muerte del “escuálido” como un enemigo menos del “gobierno de la revolución”, y, por supuesto, de “papacito”.

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A Pancho hacía tiempo que no le estaba yendo bien tal como al resto de la población en el país, pues, todos estamos sometidos al hambre que, en dosis calculadas, la revolución chavista administra; por eso, que Pancho decidiera participar en el saqueo del depósito de comida que el enchufado tenía justo en las narices de los más pobres de la ciudad, no puede resultar extraño y, mucho menos, cuestionable; sobre todo, porque a pesar del miedo, Pancho sólo se decidió a hacerlo para llevar comida a su casa. 

Eso insistió en decirle al Becario (que así apodan a su amigo de la infancia), quien fue a proponerle la aventura y que, como Pancho, es de la generación nacida en “revolución”; sólo que, mientras Pancho ha intentado resistir haciendo cualquier trabajo, el Becario, hasta ahora, ha vivido de cualquier “beca” inventada por el gobierno: la del “Amor mayor”, que le daban a sus abuelos; la de las “Madres del Barrio”, que le daban a su madre; la de las “Madres adolescentes”, que le dieron a su hermanita cuando salió preñada a los trece; en fin, durante toda la “revolución” el Becario nunca ha trabajado; por eso, más de uno en el barrio lo considera un chavista perfecto

– Está bien Becario, yo voy, pero sólo porque aquí en la casa necesitamos comida, lo demás que haya en ese depósito no me interesa, así que ni se te ocurra proponerme otra cosa.

– ¡Está bien, Pancho, así será, pero vamos, acompañame!

Extrañamente, ese día ninguna fuerza policial o militar llegó a defender la “propiedad privada” del Zarro; por eso, el depósito donde el “enchufado” engordaba el precio de la comida, ahora estaba (cosa de pago de karma sería), al alcance de los muertos de hambre, quienes (esto cuentan), desde las 10 de la mañana y hasta pasadas las 12 de la noche, lograron sacar todo lo que el acaparador antes les negaba, y luego encarecía para multiplicar su ganancia.

Al día siguiente, a Pancho no le pasaba el susto de su atrevimiento; pero, el desasosiego no se le iba de los huesos, apenas lo tranquilizaba pensar que luego de semanas de comer lo que por conmiseración a sus hijos sus vecinos le pasaban, y que su mujer podría encender nuevamente el fogón de su cocina, y sus hijos volverían a sentir el calor del hogar en su memoria. 

Pero, lo que Pancho no sabía, es que luego de lo que Ramón Zarro consideró un atropello a su poder, estaba irreconocible, al punto que si un guayacán lo mordía, de seguro, la serpiente venenosa moriría envenenada por su ira, pues, dueño del poder como se creía, conectado por demás, a la más poderosa y cochambrosa organización del país1, ¿cómo aceptar que su acaparado patrimonio fuera a parar a manos de esos miserables habitantes de los barrios?

Hay quien dice (en voz baja), que muy probablemente fue Diosdado, el gobernador de su Estado, Tarek El Aissami, o todos ellos juntos, quienes lograron calmarlo, no porque éstos no quisieran matar a todos los saqueadores de una buena vez, sino porque en ese preciso momento, el gobierno paseaba frente a unas bien dispuestas vitrinas, a los enviados de la Bachelet. En verdad, la gente de la Bachelet no podía certificar nada que ya ella no supiera desde mucho antes: “En Venezuela, el gobierno mata, y sus enchufados tienen licencia para torturar y matar impunemente”.

El hecho es que el Zarro y su hijo, ofrecían recompensas a todo aquel que señalara a los saqueadores; la búsqueda quedó a cargo de miembros de pranatos venidos de El Dorado, Tocuyito, o la Penitenciería Nacional, quienes, debidamente permisados, salieron a las calles para someter a los miserables. Fue entonces que atraparon al Becario y, como quien dice, le dieron un coñazo para que hablara y por lo menos diez para que se callara y dejara de traicionar; entre ellos, a Pancho, a quien la horda encontró en su casa meciéndose en un chinchorro buscando espantar su angustia, y esperando a que regresara la electricidad, pero seguro de que, por lo menos por unos días, sus hijos tenían segura la comida.

A patadas lo levantaron de la hamaca; a culatazos de fusil le rompieron las costillas; con bates de beisbol le quebraron las piernas; algún pran (investido como Guardia Nacional), rastrilleó el AK47 que le dieron, y pensó en rematarlo en plena calle, tal como han hecho su costumbre luego del saqueo; pero, el grito impertinente de una vieja vecina ¡Noooo! ¡Ya basta!, ¡Ya le cobraron!, ¡Ya déjenlo en paz, él sólo quiso que comieran sus hijos!, lo detuvo. Por un instante, la horda pensó en fusilar a la vieja; pero, lo cierto es que en casa de Pancho sólo encontraron paquetes de arroz, harina de maíz, algunas bolsas de leche, sal y azúcar.

¡En verdad, este es un güebón, sólo saqueó comida! Le dio una última patada y ahí lo dejó, tirado.

La horda, entonces, decidió saquear a Pancho. Así, un par de viejos ventiladores, una nevera que no enfría, una cocina y una vieja lavadora fueron sacadas de su casa en medio del llanto de sus hijos que cubrían con su cuerpo, el cuerpo de huesos quebrados de su padre, incapaz de moverse, pero viendo a los ojos al Becario traidor, a quien embarcaron nuevamente en la camioneta, sentándolo justo al lado de Ramoncito, quien, desorbitado, acelerado por el perico y la adrenalina, le decía: ¡Vamos hijo’e puta! ¡Llevanos a la casa de otro saqueador, quiero seguir pateando escuálidos contrarrevolucionarios!, y reía, al tiempo que aspiraba un poco del polvo que, en el saqueo, la poblada no llegó a descubrir.

En este trajín de tortura y muerte ha estado ocupada la horda durante todos estos días en Venezuela. Los cuerpos, torturados con vida, o sus cadáveres, sólo aparecen tirados en parajes enmontados de vías solitarias. Los medios oficiales (que son todos), lo reseñan como ajuste de cuentas por el “reparto del botín” entre las “bandas saqueadoras”; pero los vecinos de Pancho saben que eso no es verdad.

Todos en el país están a la espera de que algo ocurra, pues, tanta miserable vileza es ya insoportable. Los únicos que no parecen entenderlo son “intelectuales” como Gosfroguel o Dussel, tal vez, por su eurocéntrico apego a sólo elucubrar teorías de cómo remendar “decolonialmente” el futuro del gobierno, sin pensar jamás en lo que piensa y vive gente como Pancho y sus vecinos, quienes, ahora levantan su cuerpo de la calle para llevarlo al hospital, mientras balbucea a sus hijos llorosos: ¡ Vayan con su mamá, cuiden a su mamá, cuiden su huella! 

Eso, creo dijo Pancho, tal vez, pensando que despedazado como iba, de ese viaje, capaz no vuelva. 

1 Nos referimos a las Fuerzas Armadas Nacionales que, es Vox Populi, buena parte de sus Mandos participa del tráfico de drogas, de gasolina, de petróleo, de oro, de armas, de carne humana, y, por si fuera poco, ganan tres veces lo que gana un médico y cerca de diez veces lo que gana un maestro de escuela, pero además, sus armas nos obligan a obedecerlos o perecemos.

#DondeEstáAlcedoMora

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