Hugo Fernández Oviol

Categoría: foto plana,Por los Nuestros |

hugo fernandes oviolCésar Seco

a su descendencia

Una vez habíamos quedado en vernos donde Mano Billo con otros amigos a eso del mediodía, allí le conocí.
Dejemos que sea él quien nos lo diga, ahora que nos mira desde ese retrato en que el fotógrafo captó toda la vivacidad de su ternura. Rojo o Vikingo, así llamado.

Ahora que ha mudado de ámbito y nos alcanza el trueno de su voz:

“Yo venía de elevar mi papagayo cuando Ibrahim y Douglas me cortaron por delante en una veguita. Muchachos todavía en calzones hablábamos de lo mismo. Íbamos sin permiso a los haitones; que tuviéramos cuidado con los duendes nos decían los mayores, que no pasaramos del río. Conveníamos ir a echar picas de trompos en Las Cruces.Íbamos a la escuela del maestro Agustín. Una vez fuera de clase le preguntábamos al maestro que si la paja hacia daño y él nos contesto “que de ninguna manera”, que era más bien provecho para la salud, que lo decía Freud, y nosotros parados por los curas que guevoná es esa, no nos fuera a recriminar el dios que nos miraba desde el cielo.

Nos íbamos a correr por el monte, no parábamos de soñar. Yo juntaba palabras en un cuadernito y me las oía detrás del patio donde nadie escuchara, lo miraban raro a uno si salía con eso de escribir versos y peor si los recitaba, lo creían marico, vea.

La formación que daba maestro Agustín, dudo que la complete hoy cualquier profesor. No por arrogancia, vean, lo digo yo que he pasado por todos los niveles educativos sin creerme un carajo.

En tercer grado tú sabías ya que era patria, y patria era uno creciendo en conocimiento, coño. Ya más grandecitos supimos que sangre libertaria nos corría por las venas y se llamaba Bolívar y se llamaba Robínson. Yo les hablaba del Bolívar que Robínson preparó para la independencia, el Bolívar de Monte Sacro y la Campaña Admirable, no el vaciado en bronce de plaza. En la biblioteca de maestro Agustín, en aquella penumbra olorosa a madera, leíamos a Fray Luis,
a Juan de la Cruz, a todos los poetas que morían de espasmo por un dios sordo y mudo. Verga muchachos que el Señor me perdone, el siglo de oro lo leímos en penitencia, para llegar, ¡carajo!
a Neruda, a Vallejo, no sin antes pasar por Darío, por Heredia y Martí,
por ellos el idioma salió de la real opulencia de su tumba a la ventana de ahorita. Andaban también con nosotros
unos libros de los que sólo se podía leer
una página por día para razonar bien y porque estaba prohibido leerlos: El Capital de Marx y la Dialéctica de la Naturaleza de Engels. Douglas se la pasaba tumbando naranjas y se comía el blanco de la concha. Douglas era un venadito saltando por el camino y las gallinas cacareaban locas y sus dueños nos corrían con tiros de sal o nos perseguían rastrillando machete en las cercas de púas para asustarnos y salíamos disparados cual diablo que ve cruz. Si yo hablaba de historia y dejaba fuera al Zambo Chirinos, Douglas zapateaba. Yo venía por una veguita cuando ellos, Ibrahim y Douglas, salieron por un lado y me dijeron no hay más plazo Hugo, que si no lo habíamos hecho
fue porque estábamos en mayo y estaban las fiestas, y tareas y mandados, chico, no dejaron que lo hiciéramos como estaba dispuesto, dijeron que si lo íbamos a hacer era ya, que nos fuéramos bien alto, arriba, al farallón, que fuéramos más allá si lo queríamos en verdad, coño, sin aguarnos, allá donde prende el fruto
de la urupagua, amargo, pero más lo era tener la conciencia empeñada. Son quinientos años que llevamos en esto, por entregados, primero con la espada hundida hasta la empuñadura y ahora con la bota aplastándonos la cabeza, decía Douglas y yo le respondía: -Ve,
la urupagua es dura de cascara, pero su pulpa clara como amanecer, ve-.
Ibrahim permanecía pensativo y antes de lo acordado soltó esta perla: -Seré cientifico-, y le seguí: -Seré maestro-, y Douglas agarró un palo monte y se lo puso al hombro como fusil: -Seré guerrillero-, dijo. Coño. Seguimos subiendo al farallón. No era Monte Sacro, eran vainas de uno que el tiempo no ha desmentido”. La bodega de Mano Billo quedaba en una esquina de la calle Libertad. De botellones cristalinos el cocuy pasaba a una copita servido por tragos. Sentado en una hamaca el sol hablaba y los contertulios oían atentos en sillas de enea regados, de pie.
Guayabera blanca, pantalón azul casimir,
libreta y bolígrafo en el bolsillo,
albino de cabello encendido refería
esa magnifica leccion de amistad.
Una marimba serrana le seguía
secuencial al tambor.
Nada de chirrirrinche con papelón.
La penca pura lo alumbraba.

de Retratos de la sala. Fabula Ediciones,2017. Edición digital.

Fotografía: Fernando Acosta.

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