Las caras ocultas del hambre en la Guajira venezolana

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El gobierno los niega y, cuando los reconoce, afirma que son casos puntuales. Pero el hambre entre niños, adultos y ancianos wayúu está pegando con la misma rapidez que corren los vientos de la Guajira. Dos reporteros de El Estímulo constataron cómo la falta de alimentos está minando a la olvidada franja del extremo norte de Venezuela.

El Estimulo | La vergüenza pega más que el duelo que lleva por dentro. A Javier González le cuesta levantar la cabeza. Siente pena porque dice no haber evitado que sus dos hijos menores, Jaimy Yairuma (una bebé de 7 meses) y Jaiber (8 años) escaparan de la muerte por el hambre.

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Ante la tumba de los niños, ubicada en un camposanto familiar levantado entre unas dunas de Wayamurisirra en el corazón de la Alta Guajira, Javier evita ver cómo sus otros tres pequeños y sus sobrinos juegan encima del nicho con inocencia. Sin un ingreso fijo, el padre de 32 años reconoce un temor que va creciendo con tiempo: que otro miembro de la familia caiga por culpa de esta plaga.

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González lleva la comida a la casa cuando realiza trabajos como mototaxista, aunque no cuenta con moto propia. Hoy no pudo cumplir con esa misión porque no tenía el dinero suficiente para trasladarse a Los Filúos -el mercado de la zona- que se encuentra a unos kilómetros de su casa, donde la pide prestada a unos amigos.

Ninguno de los seis adultos del clan trabaja. Todos se ayudan con la venta de artesanía y de los pocos chivos que caminan en los alrededores del caserío donde viven, enclavado a un costado de la vía que comunica a Cojoro. Los ingresos son mínimos al igual que las raciones de comida recibidas por cada miembro de la familia.

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La dieta de los González está basada en yuca, pasta y agua de arroz. Las proteínas están excluidas. El agua la toman de un pozo (jagüey) cercano a la vía. Todos los adultos reconocen que comen mal, que amanecen sin fuerzas y con pocos ánimos por la falta de bocado. “A veces nos acostamos sin comer”, afirma el padre con los ojos clavados en la arena.

Los niños González llegaron al hospital Alfonso Pons de Maracaibo luego de tres días presentando diarrea y vómito. El “mal de ojo” también incidió en la suerte de sus hijos, afirma Olga, la mamá de los infantes, de 27 años. La bebé presentaba una infección que le impedía orinar. Ya ni tenía fuerzas para tomar tetero, recuerda. Los niños eran tratados con suero fisiológico que la familia debió comprar porque no había en el centro asistencial.

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Jaimy y Jaiber murieron el 4 de junio. Y se sabe que no eran los únicos de la familia con problemas de malnutrición.

Andreína, de 2 años y Osadak, de 5, presentan los mismos problemas de malnutrición que tenían sus primos antes de ser llevados al hospital. Sus casos son tratados por médicos y están siendo seguidos por las ONG que operan en la zona, cuenta Maribel, la mamá de la niña, de 29 años de edad.

Osadak y su abuela sordomuda Magalia tienen llagas producto de la escabiosis (sarna). El pequeño muestra las mismas características de los niños con hambre que han muerto en la Guajira colombo-venezolana: pálido, de cabello rojizo y escaso, piel reseca, un abdomen bastante pronunciado que no armoniza con sus flaquísimas piernas. Una de ellas, presentaba manchas y con un leve problema físico.

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Esta foto la hizo Valeria González, hermana de los niños fallecidos,  mientras la fotoperiodista Dagne Cobo Buschbeck le enseñaba sobre fotografía, luego de que la niña mostrara interés por la cámara*

A diferencia de Osadak, Josué Urdaneta se ve bien nutrido. Sus músculos están firmes y su piel está lozana. Su talla y estatura están bien para un niño de un año de edad. Muestra una sonrisa contagiante. Y eso que no le han salido sus dientes.

En un rancho de lata y de piso de tierra, el pequeño vive con su madre y su abuela en el sector de Caracolito 1. Otros familiares viven cerca. A pesar de su buena salud, Josué puso a correr a más de una ONG. “Lo encontramos en mayo sin haber comido durante tres días”, comenta José David González, miembro del Comité de Derechos Humanos de la Guajira, quien hace seguimiento a los infantes malnutridos en la zona.

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El caso de Josué fue tratado con éxito con los alimentos recolectados por las organizaciones y periodistas que hicieron una intensa campaña en las redes sociales. Alimentos y suero de rehidratación evitaron males mayores. Pero el hambre ya se instaló en la choza de los Urdaneta. El cuerpo de Elvira María, la abuela del niño, parece un saco de huesos que parece tender la bata guajira que la viste. Ni hablar de su hija, comenta el activista en DDHH.

La abuela dice comer tres veces al día, pero la calidad de su dieta levanta sospechas. Su menú en los últimos tres días se restringió a arroz, huevo y leche de cabra en el desayuno, el almuerzo y la cena.

Los González y los Urdaneta dependen de las bolsas de comida que otorga cada 15 días el gobierno, a través de sus planes Mercal o Fundraproal. Pero advierten que no son suficientes para una familia guajira, que en promedio la integran seis personas. Dicen que las bolsas, con pasta, arroz, leche, caraota y aceite, llegan cada vez menos y alcanzan para una semana.

La Guajira nunca había estado quebrada por el hambre, asegura José David González, quien lleva 17 años al frente del Comité de Derechos Humanos. La falta de comida, el cierre de la frontera con Colombia y el desempleo ha multiplicado la miseria en una zona que tradicionalmente se sostenía por la agricultura, la pesca y el contrabando.

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“Nos convirtieron en unos dependientes de la migajas del Estado”, denuncia González.

Ante la ausencia de productos regulados en los mercados, los indígenas deben comprar los alimentos a precio de mercado negro. En “Los Filúos”, un kilo de leche en polvo CASA puede costar 4.000 bolívares, un paquete de 30 pañales 11.000 bolívares y un kilo de Harina PAN proveniente de Colombia oscila en 1.300 bolívares. Precios que son astronómicos para muchos.

Arnaldo González, dirigente de transporte y vocero indígena de la Alta Guajira, denuncia que la falta de agua se suma a los males que padece la zona. Cuenta que la falta de comida lleva a muchos niños a hacer una práctica que hacían sus ancestros: buscar las “fruticas” que se encuentran entre los cactus.

Pero los grifos secos no solo afectan a los wayúu. El precario servicio de salud está incidiendo en la malnutrición que campea en el extremo norte de Venezuela. La unidad de nutrición que operaba en el Hospital de Sinamaica desapareció hace años. El gobierno tiene una cuenta pendiente: inaugurar un centro similar ubicado frente a la Troncal del Caribe que todavía se encuentra en construcción.

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La malnutrición en la Guajira venezolana es ocultada por las autoridades sanitarias. A diferencia de Colombia, donde se contabilizaron 4.000 niños muertos por casos vinculados al hambre entre 2008 y 2013 según cifras oficiales, los números en el lado venezolano se desconocen. Los casos de infantes sospechosos por desnutrición son remitidos a los hospitales de Maracaibo y no se registran.

Hebert Chacón, alcalde del municipio Guajira, negó en febrero las denuncias formuladas por las ONG. La gobernación del Zulia, por su parte, dijo que habían casos aislados de niños malnutridos, que ya están tratados por los expertos.

Daniela Guerra, directora general del Comité de Derechos Humanos del estado Zulia (Codhez), aseguró que hay hermetismo con las cifras porque no hay autoridades que reconozcan los casos de desnutrición en la entidad. Y “están muriendo prácticamente de hambre”, afirma.

A pesar de la negativa oficial, las denuncias aumentan como el calor que se siente en la Guajira. En la salina que bordea la gigantesca playa, una familia debió vender pimpinas de gasolina porque no pueden seguir costeando sus gastos por comida.

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El negocio no es rentable pero le permite a Fabiana y a su familia sobrevivir: con la venta de 5 litros de combustible se gana lo mismo que con 50 kilos de sal. El negocio impacta con el ambiente, toda vez que, muchas pimpinas son enterradas en la salina para evitar que la Guardia Nacional las decomise.

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En Caño Sawa, el pueblo pesquero ubicado a unos minutos de Paraguaipoa, la falta de oportunidades impacta con los pobladores. El cierre de la estación de servicio ordenada por la autoridad militar, atendiendo denuncias de contrabando de combustible ha generado malestar entre sus pobladores.

Caño Sagua en el Caribe guajiro. 02.08.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

“Aquí, gracias a Dios, no tenemos a niños con esos problemas porque tenemos el mar cerca”, dice María, una vocera del consejo comunal de la zona. “Pero aquí hay que enfrentar la vida, porque no nos ponen las cosas fáciles”.

Caño Sagua en el Caribe guajiro. 02.08.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

Y ese es el mismo espíritu que mueve en la Alta Guajira a Javier González, el padre de los hermanos fallecidos.

“El dolor es mucho, pero hay que luchar”, dijo.

#DondeEstáAlcedoMora

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