El Cielo de Amuay

Categoría: Guarureando |

Isaac López

1.

Este texto duele, estas líneas cuestan como nunca. Por no querer reincidir en la superficialidad ante el drama y el dolor, por no querer presentarlo como otra comparecencia para el aprovechamiento de lo sucedido. La tarde del viernes pasé por allí, apenas unas siete horas antes del estruendo, en medio de un fuerte olor a gas y a la vista de unos mechurrios que como dragones descontrolados arrojaban su desperdicio de humo. La cola de automóviles interminable entre la curva de El Sabino y la entrada a Judibana. Fue como escapar de una estampida. Luego de un calor tremendo, la tarde de Punto Fijo se aclaró después de un fuerte aguacero que dejó inundadas las calles de la ciudad recién llegada. Gente y más gente en panaderías, licorerías, supermercados y gasolineras de la zona. Cuando me convencí de lo sucedido, cuando ya fueron recurrentes las llamadas y avisos, comencé a preguntarme cuál hubiera sido el saldo de los hechos de haber ocurrido la explosión al final de la tarde o en la noche temprana. Y digo cuando me convencí, pues ante las noticias enviadas desde Maracaibo por algunos amigos, mi primera reacción fue la de descredito, acostumbrados como estamos los venezolanos a vivir entre las fabricas de rumores y escándalos de las facciones enfrentadas en esa absurda batalla nuestra.

2.

“El mar de Amuay, azulada costa falconiana, de una serenísima marea, es el paisaje que conduce a Judibana, propuesta ciudad futura del litoral occidental. En plena meridiana dimensión de la península de Paraguaná, donde guardada por los cuatro rumbos del viento se halla edificada la Refinería de la Creole, Judibana se está desarrollando, incorporando progresivamente, dibujada por la arquitectura de un excelente proyecto que prevee la construcción de acuerdo a los más modernos sistema de ingeniería urbana. Derrotando el árido horizonte de cardón y cují, abriendo una brecha en el filón primitivo de la naturaleza, el tractor fue despejando la frente amorosa de la tierra, y limpia, acogedora de fecunda siembra, nació de ella la Judibana de hoy, poblado precursor de la ciudad de mañana.” Así presentaba a la otrora ciudad jardín la revista El Farol, órgano de la Creole Petroleum Corporacion, en su edición de setiembre de 1952.  En enero de 1950 habían culminado los trabajos de instalación en lo alto del descarpado de la Refinería de Amuay, que junto a la de Cardón  -emplazada en 1945-, cambiarían la fisonomía del ser y hacer del hombre de Paraguaná. Las miradas fundadoras de esta nueva conquista de la tierra se expresaron a través de los órganos publicitarios de las compañías: El Disco Anaranjado, El Circulo Anaranjado, El Farol, Tópicos Shell, Nosotros… Como en las antiguas crónicas de Indias, los artículos y reseñas hablan del dominio de la tierra feraz, de la domesticación de la sed, de la siembra de progreso en la comarca desértica. De los actos bienechores de la empresa llevados a cabo con los más arduos esfuerzos.

3.

Los paraguaneros –como el resto de los venezolanos- hemos establecido una relación incomoda con la industria petrolera. Graciano Gasparini, Carlos González Batista y Louise Margolies en su hermoso libro de 1985 Paraguaná. Cambios en el hábitat de una región venezolana recogen algunos testimonios de los testigos del cambio: “En los tiempos de antes, cuando llovía bastante, salió pasto en el monte”, “Aquí ha llovido como una promesa. Ha llovido hasta no sabemos como vamos a vivir de la lluvia que vino”, “Había un relámpago fijo todo el tiempo”, “Había mucho monte y frescura”, “Nunca faltaban las lluvias”, “Uno recogía comida por dos años”, “Aquí nunca faltaba comida. Las arepas eran de medio kilo cada una”. Por el otro: “Cambió el ambiente”, “Trajo mucho humo en el aire”, “La compañía quitó la fuerza de la tierra”, “Con la compañía la lluvia ya no era constante”, “La compañía acabó con la agricultura. La gente se fue descuidando”, “Todo se fue con el asunto de las compañías”. Y después: “Nadie quiere trabajar en la agricultura”, “Gracias a mis hijos nos sustentamos”, “Si no hubiera sido por las compañías, hubiéramos muerto de hambre”, “No consigues con quien trabajar. Querían que les pagara igual que la compañía”, “Ahora no hay gente. Están trabajando en la compañía”. Allí un sentir de los viejos paraguaneros que los autores rescatan con respeto y ponderación.

4.

La historiografía presenta en su conjunto dos tendencias sobre el tema que podemos distinguir de entrada: aquellos textos producidos por las propias empresas refinadoras de petróleo para mostrar y proyectar su acción, y los surgidos de intenciones individuales de autores o de centros culturales de la subregión. Temática difícil en su abordaje, pues las compañías y su innato poder económico establecieron desde temprano un discurso sobre su acción en territorio paraguanero, al cual sólo criterios verdaderamente independientes y libres del influjo de la vida petrolera en la región pudieron contrastar. La historiografía presenta una visión que en su conjunto observa problemas como: carencia de revisión de amplios conjuntos documentales y testimoniales; persistencia de la anécdota, la narración episódica y el dato disperso; repetición de reconstrucciones y planteamientos pioneros; falta de crítica a formulaciones; exagerado respeto al principio de autoridad de argumentos de voces autorizadas o autores consagrados en el aprecio regional; escaso análisis y reflexión; descontextualización de los procesos; añoranza e idealización del tiempo agrario y campesino precedente a la instalación de las refinerías; afán de justificación de la obra de las compañías petroleras; queja y rechazo ante los cambios introducidos por lo que se considera un factor ajeno y extranjerizante; y visión exaltadora y simplificadora del hecho petrolero en la península. Nombres como los de Alí Brett Martínez, Juan Toro Martínez, Rafael González, Guillermo De León Calles, Daniel García, José Antonio De Armas Chitty o Carlos González Batista se han encargado de presentar esa mirada.

5.

La poesía recurre al reclamo, a la fobia hacia lo extranjero implícito en la industria, al extrañamiento. “Hay un silencio esclavo comprado por el rubio invasor a cambio de un vaso de whisky, y de un okey repetido con una sonrisa maligna, y el rubio fragela la tierra, se lleva el petróleo, inyecta la fobia, y deja en el alma del pueblo el veneno del dólar” ; “Labriego de mi pueblo, ahora eres un watchman…”;  “Tú no tenías mechurrio en tu alborada. El mechurrio fue sombra entrometida, una lanza de fuego forastero, una antorcha expulsada por la Olimpia. La pusieron allí, lejana gente, lejana de hondo amor y de la vida”;  “Antes del dólar, la amistad saludaba en el ojo de las piedras insoladas, el sol iluminaba todo hueco escondido entre la grava, y el viento felizmente caminaba. Después del humo constructor de sepulturas, después de las refinerías, después del invasor, brutal sepulturero, cundió el dolor/ rudo, crudo, lento, / y el viento perdió su música de obrero”;  o   “Aquí hace algún tiempo retozaban los pájaros de rama en rama. Habitaba la serpiente sonora y el saurio hambriento. Las cabras solían posarse en el risco a contemplar el mar de Paraguaná. Pero llegaron hombres de blanca piel y amarilla testa, buscando petróleo y tierra firme. Entonces hicieron esta pequeña Manhatan que vemos desde la casa o desde cualquier punto lejano cuando la noche es más oscura. A partir de ese momento, todo ha cambiado. Y el cielo azul que fue un día, ahora es sólo cielo para el contraste de los humos. La mañana vaporosa es costumbre en estos lados. También las oraciones por los hijos y esposos. Maldita contaminación que alimenta a mi familia.”  De Asdrúbal Duarte a Simón Petit, de Guillermo De León a Vladimiro Rivas o Guillermo Croes, así han cantado los bardos a la vida petrolera de Paraguaná.

6.

La explotación del crudo en la península fomentó la creación de centros poblados para los trabajadores de las compañías como Judibana y la Comunidad Cardón, incentivó el crecimiento de núcleos urbanos como Caja de Agua y Punto Fijo, determinó la marginalidad de otros como Carirubana, Las Piedras, Punta Cardón o Amuay –antiguos pueblos de pesquería-, haciendo de este conjunto el eje de mayor concentración población de la región falconiana, y desplazando de la dinámica económica a los pueblos forjados en el período colonial y republicano como Pueblo Nuevo, Buena Vista, Baraived, Jadacaquiva, Santa Ana, Moruy o Adícora. En las adyacencias de la cerca de la Refinería de Amuay, al lado inverso de la ciudad ideal de Judibana, creció el Barrio La Vela, topónimo antiguo del lugar en alusión a la vela o vigilancia que realizaban los indígenas de las apetecidas costas ante la incursión de  corsarios y piratas en búsqueda del fruto de la cercana salina de Guaranao. En 1985 trocó el nombre tradicional por el del cantor Alí Primera, cuya familia -emigrada de las lomas de San José de Cocodite tras las bondades del petróleo- se asentó allí. Miles de paraguaneros trabajan en las contratistas en las compañías realizando diversas labores ligadas al mantenimiento y producción. Así, conviviendo en una relación muda y extraña, surgieron y se consolidaron también otras barriadas pegadas  a las cercas de la compañía: Creolandia, Antiguo Aeropuerto… Sin la planificación expuesta en los días inaugurales, sin mecanismos de control de siniestros, sin programas sociales…

7.

A la una y treinta minutos del sábado 25 de agosto mi casa situada a cuarenta y cinco minutos  de la Refinería de Amuay se estremeció. Dos horas después comenzaron a llegar las noticias. Una fuga de gas. Una nube blanca, inmensa, se formó y envolvió las instalaciones de la refinería. Luego un temblor acompañado de un ruido como de rugido de la tierra. La explosión de una esfera. Oscuridad y silencio precediendo al terror de una llama que alumbraba como un medio día. Impacto, desesperación, pánico. Cuerpos calcinados, gritos, llanto, estruendo. Temor a una nueva explosión y a una reacción en cadena. Miedo y espanto ante algo que siempre estuvo allí, cercano y distante, próximo y extraño. Incendio en tres tanques. Cuarenta personas fallecidas en una cifra de aumento. Un incendio que arrasó 512 viviendas, 33 comercios y el Destacamento 44 de la Guardia Nacional, encargado de custodiar las instalaciones petroleras. El evento mayor sucedido en el patio de almacenamiento de tanques. Días después veríamos con estupor aquellos imponentes tanques que simbolizaban la satisfacción y arrogancia del triunfo económico de una parte de la península, convertidos en latas hundidas y magulladas. En esas horas sólo imperaron el horror y la huida, la gente huyendo hacia los campitos. Familias enteras abandonando sus hogares y refugiándose en las plazas de Moruy, Buena Vista o Pueblo Nuevo en una madrugada tenebrosa. Nadie vio hacia atrás, hacia aquellos que no tenían como escapar. En medio de la incertidumbre y el desasosiego comenzaron a sucederse saqueos de los comercios adyacentes y las casas abandonadas. Al otro día, tras el sacudón y el miedo de unos, una familia contemplaba desde lejos el siniestro. Una niña de unos diez años fotografiaba los restos de la explosión, la inmensa nube de humo negro, como si de un concierto de un artista de la farándula se tratara.

8.

Testimonios de la tragedia refieren el incremento del fuerte olor a gas desde días anteriores. Esos mismos testimonios muestran el temor a seguir viviendo allí, pegados a la fuente del terror de esa noche que no olvidarán, y sin embargo el carecer también de otras posibilidades de vivienda en un lugar seguro. Lisbeth Díaz Pimentel dice a la periodista Sebastiana Barraez para el semanario Quinto Díaque nunca, desde que viven en el sector hace cuatro décadas han recibido información u orientación de que hacer ante una emergencia en la refinería o al menos si deben preocuparse ante el cambio de los vientos o ruidos en el CRP.” La misma Lisbeth Díaz señala: “Era un olor distinto al de otras veces, éste era a gas domestico, porque cuando cambian los vientos y la refinería expide olores uno sabe, también los ruidos, que uno conoce cuando abren o cierran la válvula, cuando el mechurrio se alza. Uno aprende a vivir con eso. Cuando uno crea conciencia se pregunta si esa refinería no es una bomba de tiempo. Uno sabe el riesgo de la contaminación pero más nada”. José Salazar, en la adolescencia de sus 13 años, refiere: “… ya nos acostumbramos al olor normal de la refinería, al sonido del mechurrio y a la característica llamada las 24 horas del día. Creo que nos vamos a acostumbrar a vivir allí, igual que lo hicieron nuestros padres…” Incertidumbre, resignación, mansedumbre, irresponsabilidad. Nuestro amigo, el Padre Froilan Cieniuch –encargado de la iglesia de Judibana y en su terca esperanza de muchacho que sabe del caos de la guerra y de la muerte sin fin- expone: “Ese accidente no lo planificó nadie, pero va a crear responsabilidad de las cosas de la vida”.    

9.

Lo sucedido en la Refinería de Amuay es parte de una larga lista de sucesos acaecidos en la industria venezolana del petróleo desde hace algún tiempo. Más allá de las acusaciones de negligencia y de las defensas a ultranza de una gestión, se impone la seriedad de un país y la responsabilidad de un gobierno ante su pueblo. A la pérdida no basta responder con dádivas o becas, con pensiones o casas. No es asunto de olvidar una alharaca electoral, no es una función que debe continuar para calmar el ruido en el oído de quien no quiere escuchar. El peligro sigue allí, latente, si no sabe conjurársele con las respuestas que se requiere. A casi tres meses de la tragedia de Amuay sólo tenemos hipótesis, conjeturas, supuestos del origen del siniestro. Nada de informes basados en exámenes rigurosos de los Protocolos de seguridad o en informes sustentados en estudios técnicos. Pero los familiares de muertos, heridos y desaparecidos en esa madrugada espantosa exigen una investigación seria.

Hace cien años la Península de Paraguaná sufrió otra tragedia de dimensiones de espanto. Los precarios medios de comunicación guardaron entonces un silencio cómplice para complacer al tirano Juan Vicente Gómez y no hacer evidente su desidia frente a la hambruna padecida por los más humildes habitantes de la comarca. En la actualidad los diarios pro-gobierno intentan con frases rebuscadas tamizar los hechos y resaltar la prontitud de la respuesta oficial. Todo el sector comercial y habitacional afectado fue cubierto con láminas. Después de cien años apenas ahora, gracias a la investigación seria de la antropóloga María Victoria Padilla y a la guía de Rogelio Altez, se comienzan a conocer las causas de más de dos mil muertes en 1912. Ese es un precedente que no podemos permitirnos. No podemos esperar cien años para saber lo que pasó en la Refinería de Amuay. Y sobre todo necesitamos se nos informe que en base a una investigación seria se han conjurado los posibles errores para que eso no se vuelva a repetir. La Fiscal General de la República señaló en septiembre que uno o dos  meses podrían demorar las investigaciones. Esperamos atentos, sin desmayo. No puede haber silencio y tampoco olvido.

10.

El cielo de Amuay alumbró en duelo al país aquella madrugada.  “La soledad reemplaza a la bulla diaria de una comunidad, nacida del milagro petrolero.- No supe cómo salí, arrastré a mis dos hijos como pude y caí fuera de mi casa. Miré las ruinas y rompí en llanto- dijo Mercedes Rondón, una oriental que había llegado hace treinta años a Judibana. Su marido falleció en un accidente en la propia refinería.”   En noviembre de 2003 el geohistoriador Pedro Cunill Grau señalaba en entrevista a El Nacional que: “Las catástrofes que vienen no tienen fecha pero dejarán mucho dolor”, y como si de una profecía se tratara indicaba: “En este momento, no tomar medidas frente a la situación totalmente absurda de los emplazamientos y desordenes espaciales ante industrias, complejos petroquímicos o refinerías es absolutamente irresponsable.” Quizás eso sea Amuay, el símbolo inequívoco de esta superficialidad, de esta irresponsabilidad que somos.

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