De la Ley Patriota a la Ley del Plan Patria

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luna-naranjalDe Espejos y Palabras:

Dedicado, con gran afecto, al hermano Boaventura de Sousa Santos.

José Ángel Quintero Weir

El poeta es Dios: No cantes a la lluvia poeta, haz llover” Vicente Huidobro

“Las tres primeras de todas las palabras y de todas las lenguas son: democracia, libertad y justicia.

Justicia’ no es dar castigo, es reponerle a cada cual lo que merece y cada cual merece lo que el espejo le devuelve: él mismo. El que dio muerte, miseria, explotación, altivez, soberbia, tiene como merecimiento un buen tanto de pena y tristeza para su caminar. El que dio trabajo, vida, lucha, el que fue hermano, tiene como merecimiento una lucecita que le alumbre siempre el rostro, el pecho y el andar.

Libertad’ no es que cada uno haga lo que quiere, es poder escoger cualquier camino que te guste para encontrar el espejo, para caminar la palabra verdadera. Pero cualquier camino que no te haga perder el espejo. Que no te lleve a traicionarte a ti mismo, a los tuyos, a los otros.

Democracia’ es que los pensamientos lleguen a un buen acuerdo. No que todos piensen igual, sino que todos los pensamientos o la mayoría de los pensamientos busquen y lleguen a un acuerdo común, que sea bueno para la mayoría, sin eliminar a los que son menos. Que la palabra de mando obedezca la palabra de la mayoría, que el bastón de mando tenga palabra colectiva y no una sola voluntad. Que el espejo refleje todo, caminantes y camino, y sea, así, motivo de pensamiento para dentro de uno mismo y para fuera del mundo.

De estas tres palabras vienen todas las palabras, a estas tres se encadenan las vidas y muertes de los hombres y mujeres verdaderos. Esa es la herencia que dieron los dioses primeros, los que nacieron el mundo, a los hombres y mujeres verdaderos. (…) desde entonces, los hombres y mujeres verdaderos custodian como herencia esas tres palabras. Para que no se olviden nunca, las caminan, las luchan, las viven…”

Sub-Comandante Insurgente Marcos, Relatos del Viejo Antonio.

 

I.                   La Leyenda del Indio tonto que cambia oro por espejitos.

Una de las historias que en nuestras Escuelas se repite, aún en estos supuestos tiempos de “revolución” es la que, en su palabra, muestra a los indios como inocentes que, engañados por los blancos europeos (siempre más inteligentes), eran capaces de hacer que los “tontos indios” cambiaran oro por pinches espejos. Esto, porque suponen los maestros al momento de contar la leyenda, los indios son tontos, lastimosos e inocentes por naturaleza, es decir, nunca han entendido el valor (comercial) de las cosas y, sobre todo, no tienen idea de qué es un espejo. Nada más falso.

Sin embargo, esta idea ha sustentado toda la práctica política de la sociedad criolla occidentalizada con respecto a los pueblos originarios de Abyayala, lo mismo desde aquellos considerados o que se autodefinen como de “derecha” y, por tanto, “enemigos naturales” de los pueblos, hasta aquellos que supuestamente, llegaron para “salvarnos”, es decir, los de la “izquierda”, quienes se autodefinen algo así, como seres angelicales que llegaron para redimirnos a los siempre atrasados, tontos indios, que nada saben de su historia ni su destino, porque, idiotas, jamás leyeron a Marx ni a Engels ni al manifiesto comunista, es decir, no son de izquierda y, por eso, muy bien pueden ser atrapados por la derecha porque, a fin de cuentas, todavía no saben ni leer ni escribir.

Esto (no saber leer ni escribir), los coloca fuera de la línea de la historia, en cierto modo, favorece la labor de la “izquierda” o la “derecha” criolla occidental, pues, unos y otros se consideran en condiciones de “apadrinar” a los tontos indios, los infantiles indios, los inocentes indios que, porecitos, o  son solo niños o son tontos, pero nunca sujetos políticos y, cuando intentan demostrar lo contrario, es porque algún titiritero, dicen, o dice él mismo ventrílocuo, mueve las cuerdas de los deslenguados, pues, ningún indio está autorizado para hablar por sí mismo y, mucho menos, en nombre de una colectividad o su comunidad, pues, tal como siempre señala un destacado antropólogo de la Universidad del Zulia: “Occidente es la única cultura autorizada para hablar en favor y en nombre de todas las culturas, precisamente, por su universalidad[1]

Ahora bien, en verdad, todos los pueblos indígenas y muy especialmente los que habitan las orillas del mar en la Península de la Guajira y las riberas del Lago de Maracaibo, tenían bien claro qué es un espejo y, sobre todo, en qué consiste y cuáles son las dimensiones del fenómeno del espejismo. Es acerca de esto de lo que a continuación les hablaré. Lo haré, desde el pensamiento wayuu y añuu, lo que equivale a decir que, hablaré desde sus propias palabras y definiciones, pues; por una parte, no soy ventrílocuo de mi pueblo. Puedo (en algún momento), apenas ser vocero, pero nunca sustituir el pensamiento verdadero de la comunidad. Es por eso que siempre partiremos de la palabra configurada por el filosofar de los pueblos para demostrar exactamente eso que pretenden significar; pero además, porque estamos convencidos, tal perspectiva para la definición de espejo y espejismo, por ejemplo, es la misma que bien podrá ser encontrada en el filosofar de todos los pueblos indígenas de AbyaYala.

Dicho esto, comencemos por señalar que Karoo y Karrouya son los términos que las culturas arawakasañuu y wayuu crearon para definir eso que occidente llama espejo y/o espejismo. De tal manera que, de entrada, debe quedar claro que es falsa la idea que lleva a suponer que las culturas indígenas de la cuenca del Lago de Maracaibo desconocieran el concepto y la representación material de espejo, y, mucho menos, la idea acerca del fenómeno físico del espejismo, pues, ambas culturas (añuu y wayuu), no sólo lo viven sino que lo caminan a diario en su permanente tránsito a través de las calientes aguas del Lago de Maracaibo o, de las semidesérticas tierras de la Guajira.

Así, el hecho de que los añuu, entre otros, le entregaran a los extraños europeos (ayouna), pequeñas piezas de oro a cambio de pedazos de espejos, en modo alguno tiene que ver con una supuesta ignorancia acerca del espejo y sus relaciones con el mundo físico sino que, ello está estrechamente vinculado con algo que, eso sí, los blancos europeos, y, aún hoy sus colonialistas herederos (ya de derecha ode izquierda) nunca han logrado comprender: se trata del hacer correspondiente a la definición de culturas, pueblos y naciones que, se saben, formando parte de un espacio compartido y, por eso mismo, preparados y dispuestos a sostener relaciones interculturales, esto es, capaces de cortarse para compartirse con los otros, los diferentes, único y verdadero camino para la construcción de comunidades verdaderamente humanas. Ahora bien, esto no es posible de ser comprendido sin que el sujeto se disponga a desprenderse de parte de sí mismo; es decir, a entender que su existencia se debe exactamente a su complementariedad con los otros y no a su supremacía sobre los otros.

Tal principio, como es posible deducir, remueve toda la estructura históricamente armada al andamiaje ideológico del pensamiento europeo-occidental-moderno-capitalista-socialista que, asimismo, derrumba sus ideologías y posicionamientos. Pero además, como a fin de cuentas ningún pueblo indígena de AbyaYala ha pretendido nunca imponerse (sin antes complementarse) sobre (con) los otros, se trata de una propuesta de existencia en la que todos nos complementamos y vivimos, precisamente, por complementarnos y no por ser capaces de “matar patriotamente” a todos los que no son como nosotros para ser libres sólo nosotros y los que acepten ser como nosotros.

En fin, lo que queremos decir a los herederos de los conquistadores europeos (españoles, portugueses, alemanes, ingleses, franceses y holandeses), que hasta el África o al AbyaYala llegaron con sus pedazos de espejos para cambiarlos por oro a unos supuestos tontos indios que no sabían qué recibían es que, los engañamos. Que sí sabíamos lo que recibíamos: un espejo, ese objeto donde sabemos descubrir nuestras propias debilidades, pequeñeces, afecciones, posibilidades y grandezas. Ese pequeño lugar donde vemos la justicia que merecemos por lo que hacemos y no por lo que decimos, la dignidad de nuestra palabra y nuestro hacer como camino por hacer y no como “teoría” hecha de palabras sin hacer; pero que ustedes nunca entendieron y, aún hoy, siguen sin entender, y, por eso, insisten en hablar en los mismos términos que, saben, nada dicen, nada significan ni para ustedes y, mucho menos, para nosotros.

Sepan, pues, que nunca fuimos tontos, que nunca dimos valor al oro (en sus términos sino en el nuestro), porque en verdad, cualquiera sea el valor que tenga, este es otorgado por nosotros (ustedes incluidos). El hecho es que, para nosotros, el oro no es más que un ser brillante, un sol manifiesto en la tierra, al alcance de la mano de los hombres, pero cuyo significado puede variar a hombres de diferentes espacios.

Así, el brillo del oro puede tener un valor distinto para un wayuu que para un añuu, pues, todo lo que brilla o es amarillo corresponde a un sol que, para los añuu, siempre será considerado como negativo, ya que el sol niega u obliga a los peces a esconderse y, por eso mismo, todo lo brillante está vinculado al hambre. Vale decir, cuando les dimos oro les entregamos el símbolo de lo que siempre ha representado nuestros más malos tiempos, los del hambre, de la pobreza, de la miseria; pero ustedes, tontos, creyeron que les dábamos riqueza: ¡Qué tontos!

Queremos decir que, eso que llaman oro no significa lo mismo para un añuu que para un wayuu, y, en virtud de eso, no pretendemos generalizar una significación que no sea el producto del consenso de todos los pueblos, y eso sí que es una radical diferencia con el pensamiento o filosofar de ustedes los occidentales europeos y de los criollos occidentales que son sus herederos colonialistas en nuestro continente.

En fin de cuentas, es necesario dejar bien en claro que si entregamos pedazos de oro que, ciertamente obtuvimos de otros pueblos hermanos (dicho sea de paso, nunca dieron a su oro un valor superior a nuestros cristales de sal, sobre todo, por la vida que nuestra sal era capaz de dar a sus alimentos), no fue por lo que desde sus perdidos corazones entendieron éramos nosotros, sino por lo que desde nuestros corazones queríamos que ustedes fueran capaces de asumir. Dicho de otra forma, y, a fin de cuentas, en el proceso de nuestras relaciones interculturales han sido ustedes los únicos tontos pues nunca han entendido que nuestra palabra siempre ha estado dirigida a establecer relaciones parejas o emparejadas, para lo que es imprescindible el respeto a la forma de conformar palabras y conceptos, esto es, al filosofar de la cultura. Sin ese respeto es imposible llegar a acuerdos consensuados, único camino que hace posible el convivir.

Pero, no me hagan caso, sólo somos unos indios tontos, nada sabemos de la ciencia, sea esta exacta o humanística (especialmente la humanística); sólo somos alguien que necesita siempre un ventrílocuo que, desde su “bondad”, se digne a hablar por nosotros, representarnos a nosotros, ser nosotros aunque en el momento de las definiciones, siempre se asumirá como el buen y caritativo occidental que nos ha hecho la caridad de ser solidario  con nuestra natural indigencia. ¡Puta Madre!

 

II.                Nuestro corazón es capaz de hablar a todos.

 

Ningún intelectual occidental siente que es posible aprender de un indio. Por el contrario, cualquier enseñanza que recibe la define como un acto singularmente folklórico, una especie de bondad propia o similar a la “inocencia” o “ingenuidadde unos seres incapaces de tener conocimiento y, mucho menos, de producirlo. Son solo indios porecitos, gente sumisa y minusválida en su conocer y que, necesariamente, debe ser conducida para no perderse por su ignorancia.

Digo esto porque, ciertamente, hasta mis más cercanos amigos no se atreven a asumirlo, pues, asumir que lo que hasta ahora les convierte en intelectuales de “izquierda” es cuestionado por la necesidad de construir una nueva civilización donde, las prerrogativas de su supuesta pertenencia a una intelectualidad de izquierda no les protege, esto es, no les es posible desprenderse de su sentimiento colonial-imperialista para lo cual, necesariamente, deben asumirse como otros, como diferentes, incluso como latinoamericanos, ya que de lo que se trata es de consensuar la palabra, esto es, para que mi palabra sea verdadera ha de ser asumida por la comunidad y, es precisamente este principio el negador de la individualidad del sujeto intelectual. No explicaré más esta idea porque se supone, cualquier pinche wey criollo debe saber de lo que hablo, pues, para mi pueblo sólo debo decir: wañuunkanaweijirrawawakuwaipawa. No voy a traducir lo anterior adrede, pues, me siento en el derecho asumido por todos los intelectuales criollos occidentalizados cuando no encuentran respuestas a los cuestionamientos de las comunidades.

Sé, que algunos amigos honestos me acusarán de fundamentalista porque, a su parecer, decir y sostener lo que he dicho es, ciertamente; por lo menos, un atrevimiento propio de un ignorante político ya que, para ellos, solo hace “verdadera” política el que se disfraza, el que es capaz de esconder sus palabras tras las palabras verdaderas; esto es, un político nunca habla con verdad, pues, su condición de político está circunscrita a no decir nunca lo que su corazón en verdad piensa, siente o quiere decir.

Llegar a comprender la dimensión de lo que para un añuu es wakuwaipawa es lo que me ha permitido entender, especialmente en el actual contexto histórico venezolano, el por qué el Estado-gobierno “bolivariano” es capaz de chantajear, manipular y desorientar a las comunidades a partir de ideas como anti.-imperio, anti-burguesía, etc., pero que, sabemos, en la práctica es posible demostrar que este Estado-gobierno ejerce en igual o mayor desmedida, ya como nueva burguesía (boliburguesía) o como neo pro-imperio y, sobre todo, como salvajemente capitalista, la sujeción de la soberanía nacional a viejos y nuevos factores de poder en función de la permanencia de una burocracia cívico-militar en el poder del Estado-gobierno de eso que llaman Venezuela (que tal nunca ha sido nuestra toponimia) pero que está siendo repartido a pedazos en una especie de contubernio de corsarios a orillas del mar Caribe y al que asisten no sólo miserables como representantes de las transnacionales petroleras, sino también presidentes de “izquierda” o “derecha” (de Pepe Mujica (extupamaro en Uruguay) a Juan Manuel Santos (Exparamilitar en Colombia), a ambos les vale madres el pueblo venezolano y, mucho menos, los pueblos indígenas venezolanos).

Ni hablar de Daniel Ortega, o del cacique hacendado asesino de campesinos pero exaltado a la categoría de “guerrero anti-imperialista” por la chequera de PDVSA manejada a discreción por Chávez:: el bastardo expresidente de Honduras que, en su condición de cacique hacendado se vanagloriaba de armarse hasta los dientes para matar campesinos pero cuando llegó a la presidencia entendió que era posible sacarle el jugo a una Venezuela entregada a cualquier Blacaman que oficiara en contra del “imperio norteamericano” aunque en su propio país fuera capaz de matar campesinos en alianza con las transnacionales bananeras, pues, a fin de cuentas, tendrían a intelectuales afamados como Ignacio Ramonet, Atilio Borón y Eduardo Galeano para justificar sus crímenes, pues sus crímenes los habían hecho en favor del anti-imperialismo. Se trata, en fin de cuentas, de los cerdos en el poder de la granja descrita por Orwell.

Por tanto, nuestra palabra no es para ellos, mucho menos para los que de ellos y con ellos, se han beneficiado. Nada tenemos que ver con los que se han hecho los pendejos durante el saqueo del que ha sido víctima nuestro país y nuestro pueblo; nada tenemos que ver con los que han vivido siempre de un ”prestigio intelectual”, para terminar vacilándose los recursos propios de los pueblos, en este caso, del pueblo venezolano. Entre los muchos vividores podemos mencionar a Ignacio Ramonet, a Heinz Dietrich, a Sean Pem, Oliver Stone, y al más balurdo de todos: Dany Glover, después de todo, Hollywood siempre ha estado por encima de los miserables venezolanos y Chávez supo siempre gratificar esa superioridad de clase.

Pero sabemos que esos miserables anteriormente mencionados no son la representación del todo, ellos son solo los parásitos, los que se pegan en las coyunturas buenas (como todo parásito), saben cuándo pegarse para chupar la vida de los pueblos y saben cuándo despegarse cuando la vida del poder que les alimenta está en riesgo. Son parásitos y no merecen más palabras.

Queremos decir, no nos han engañado, sabemos de su tramposa palabra. No nos han manipulado, sólo quisimos creer que, en verdad, ustedes podían ser capaces de creer. El dinero que se han llevado para seguir viviendo en sus comodidades lo hubiéramos podido dar sin costos a su honestidad; esto es, no tenían por qué mentir o manipular. Tal vez, lo peor para ustedes no sea que sepamos de sus miserables existencias, sino de que ustedes mismos hagan conciencia de su miseria como seres humanos.

Aún así, a todos les hablamos (incluidos ustedes), pues, recientemente el gobierno del heredero de Chávez, prevaliéndose de trampas y subterfugios legales otorgados por otros mucho más miserables que ustedes, ha logrado “legalmente” establecer que lo que el desparecido Chávez nunca se atrevió a hacer en vida: convertir en Ley el despojo de los territorios indígenas por parte de las corporaciones transnacionales, no precisamente del imperialismo norteamericano sino del Estado Chino y las mafias Rusas. Por esta vía, los capitalistas salvajes chinos y los mafiosos del estado ruso han logrado apoderarse de todo nuestro territorio nacional para usufructo de la nomenklatura chavista y, por supuesto, para sostenimiento del poder militar en el gobierno de Cuba.

Toda la intelectualidad de “izquierda” está sumada a justificar este despropósito, pues, nunca pesará igual un pueblo indio en la Sierra de Perijá que el Pueblo cubano. Para Eduardo Galeano, necesariamente habrá que liquidar a los atrasados en pos de la “revolución”. ¿Qué puede valer un barí, o un yukpa, mucho menos un wayuu o un añuu al lado de Fidel? Pero, por eso mismo, es a ustedes a quienes les hablamos: ¿En verdad son ustedes seres humanos que luchan por la humanidad? No importa que no nos ayuden, en más de 500 años nunca les hemos necesitado, pero, este es nuestro tiempo y ya basta.


[1] Palabras de Lusbi Portillo, tal vez, el más voluntariosamente comprometido de los académicos con la lucha de los pueblos, aunque eso sí, desde esa perspectiva que los separa de su propia lengua y palabra. Comunicación personal.

#DondeEstáAlcedoMora

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