Historia, hoy y eternidad

Categoría: Sonidos, videos y fotos |

mamachutaJosé Javier León

No es de extrañar pero no deja de llamarme la atención que un texto tan importante como El Requerimiento sea prácticamente desconocido, incluso por personas con mediana formación. Yo mismo lo conocí recientemente pero claro, no me jacto de estar informado ni mucho menos, pero el caso es que a quien le pregunto sobre el tópico la respuesta es invariablemente negativa. No está ni cerca en los libros de historia de primaria o secundaria y, por supuesto, no llega a la Universidad, a menos, creo, que se hagan estudios específicos de historia. Yo que estudié Letras lo conocí sólo por azar, guiado por el viejo debate entre Las Casas y Sepúlveda, que requeriría, no ahora, un comentario aparte.

El punto es que si queremos llegar a una suerte de eslabón perdido en la cadena «legal» de la expropiación, lo tenemos en El Requerimiento. Cuando lo leo en clases los estudiantes recuerdan las actas fruto de asambleas, consensos y acuerdos. Nada más lejos de eso que el texto en cuestión, que acta es pero constancia escrita del robo y prólogo de los asesinatos, en el que lo autoritario se legitima y lo arbitrario se enseñorea. He pensado que ese texto con toda su castiza crudeza debe ser leído desde los primeros años y explicado hondamente su contenido.

Traigo a colación este recuerdo luego de asistir al estreno de Saapreye hijos de la caña brava, una película de Rita González producida por Mestizo Producciones. Narra la historia de un pueblo indígena, los Sapreye, que habita la Sierra de Perijá y de los que sobreviven cerca de 400 personas. A pesar de tanto horror y tanta muerte, a pesar de los desplazamientos y las persecuciones, han sobrevivido. De su cultura, restos como los de una pieza de barro que se quiebra, pero conservan su lengua, un idioma grave y como endurecido.

En el documental aparecen tres tiempos: el de la Conquista, el actual y el detenido. El primero comparte las imágenes que suponemos forman parte de la resistencia, del enfrentamiento a muerte con los invasores. El actual se vive en las casas de «material», alineadas, propias de cualquier urbanismo citadino, con sus veredas, motocicletas, y niños jugando carreras de cauchos.

El otro es el tiempo de la abuela con sus 120 años, la que muele el maíz, la que prepara la chicha, la que sostiene la memoria del pueblo, de la familia. En una de las escenas un grupo dice representar una ceremonia ancestral pero lo que vemos son los estragos del tiempo, o mejor, el hoy y sus estragos que atraviesan el pasado y lo lancean como el cazador a un pez en el río. No hay magia sino el alcohol trastornando unos cuerpos que ya no pertenecen a la memoria orgánica del pueblo precolombino. Mas esto ocurre literalmente detrás del cuerpo entero, firme, y de la conciencia lúcida y sonriente de la Abuela.

Igual sensación de sobrevivir serena y conscientemente a las ruinas del tiempo me dio aquel momento en el que acostada en el chinchorro mira fija a un algo invisible y fuera de cámara, mientras atrás mujeres y hombres conversan de lo que tienen, de lo que han perdido, de lo que hoy son, del pasado en este presente que se descose. La mirada fija como en el tiempo de la Abuela desgarra silenciosamente.

Al final, en uno de los cuadros más bellos, con una cámara que flota, la Abuela y otra mujer sentadas en un marco de naturaleza verde y nítida como un sueño, se detienen en algunas fibras del tejido cosmogónico, en algunos hilos de la eternidad que duerme morosa en la lengua de Mamá Chuta. Por cierto, para los saapreye, Dios es Mujer…

Un pueblo que nace vuelve a sus raíces, a su ombligo. Películas nacidas de la comprensión y el reconocimiento como Saapreye, nos confirman que, como venezolanos y venezolanas renacemos. Y que el tapiz es esto que vemos, y lo que podamos soñar y hacer juntos a partir de esta certeza.

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