NGUILLATUN (Dedicado al Pueblo Mapuche)

Categoría: Sin categoría |

Por Ricardo Bertolami – abril de 1.970/noviembre de 2.012 

 

Prólogo

Las noticias de enfrentamientos entre gente mapuche, colonos y fuerzas de seguridad chilenas de estos últimos meses, rescataron de mi memoria con inusitada lucidez mi experiencia por tierras mapuches de Neuquén hace ya cuatro décadas, y me pusieron en guardia sobre los intereses capitalistas, el racismo y la discriminación aún vigentes hacia este pueblo milenario y orgulloso. 

 

1

Han pasado 40 años…, corría abril de 1.970, mi espíritu andante y mis ansias por conocer mi país y sus culturas me llevaron hasta Neuquén. Mi primer destino lo había fijado en Aluminé, donde sabía que había una Reserva Mapuche que deseaba conocer. Y desde allí tomaría la ruta 40 hacia el norte atravesando distintas provincias hasta llegar a un final indefinido.

Hice un viaje “a dedo” con bastante fortuna atravesando el Valle del Río Negro, al que llegué en época de cosecha de frutas, no quedándome más remedio que someter a mi estómago a varios atracones de manzanas, peras, ciruelas y otras delicias gratuitamente al alcance de mis manos.

A mitad de camino un automovilista nos cargó a mi mochila y a mí y por él me enteraría que en un lugar de nombre Malleo, en Neuquén, también había una comunidad mapuche llamada Painefilú. El servicial conductor viajaba hasta Junín de los Andes y desde allí me quedarían solo 28 Km. hasta el lugar. Decidí entonces cambiar mi destino y llegar un poco más al sur de Aluminé. En esa época se estaba construyendo El Chocón, cerca de allí, en Picún Leufú, paramos en una casa que vendía distintos comestibles, mi intención era comprar un pan casero grande que aliviara mi apetito por un tiempo y por cierto que lo conseguí y con “yapa”, porque el dueño del lugar un húngaro muy amistoso en determinado momento bajó al sótano y se apareció con un pedazo de jamón crudo preparado “a la húngara”, esto es macerado con coñac, una verdadera e inolvidable delicia.

Por camino enripiado doblamos por las mil caras de Piedra de Águila con rumbo oeste y al ir aproximándonos a Junín de los Andes no podía dejar de contemplar el majestuoso volcán Lanín, blanquísimo de nieves eternas, que desde la altura cordillerana se hace dueño excluyente del paisaje.

Llegué a Junín de los Andes un sábado, me despedí de aquel amigo al que nunca más vería y mi buena suerte me siguió acompañando, hice dedo en el camino de tierra que me llevaría a Malleo y fue el sacerdote de Junín el que me llevó, él daba misa los sábados allí.

Pedí permiso y armé mi carpa en las cercanías de lo que era una especie de centro comunal, con una capilla, una carpintería y un museo. Allí conocí a un joven  hermano mapuche de nombre Carmelo Nicasio Antinao, muy ilustrado, del que aprendí muchísimo, hablaba un perfecto castellano y había editado un diccionario Mapuche(1)/Español de incalculable valor cultural. Él era el Delegado encargado de negociar con el gobierno provincial distintas cuestiones y necesidades de la comunidad.

(1) Mapu che: Gente de la tierra.

Debo resaltar que las familias mapuches de la región viven separados entre si, en humildes ranchitos aislados, la Reserva en si ocupa una amplia región.

En aquella época la esquila de ovejas en las estancias de los hacendados de la zona era la única fuente de trabajo genuino, pero al ser estacional por supuesto no alcanzaba para la subsistencia anual, sumado a jornales humillantes y dignidad pisoteada.

Muchos recuerdos se agolpan en mi memoria ahora que escribo mi experiencia: el silencio y la mirada triste de aquella gente; el hambre que alimentaba su flacura; la tuberculosis rondando como cuervo; la pérdida voluntaria de parte de su cultura en el afán de parecerse al “blanco” y así intentar ganarle a la marginalidad y al olvido; los hombres vistiendo como un criollo más y las mujeres conservando sus atuendos tradicionales de largos vestidos y muchos colores; el “piñón” fruto del pehuén (Araucaria araucana) que es su principal alimento y muy rico nutricionalmente; artesanías abandonadas (cerámica, cestería y platería); el alcohol que provocaba problemas..; tal vez por el frío, que es el rey del lugar, todavía seguían tejiendo en sus ancestrales telares caseros aquellos hermosísimos “quillangos”, abrigadísimas mantas de lana de oveja de incalculable valor artesanal.

En el museo del lugar, entre otras cosas pude ver puntas de flecha y otras armas, y caracoles de mar petrificados encontrados en la zona, lo que hace indiscutible que el océano habitó de este lado de la cordillera en alguna era remota. Como relata la fantástica leyenda mapuche del diluvio que reviste cierta analogía con el diluvio bíblico:

Encarnan la leyenda dos serpientes, la llamada “Tren tren”, protectora de los hombres, y “Kai kai filu”, enemiga de ellos.

Un día los mapuches fueron advertidos por la serpiente amiga que la enemiga les preparaba un exterminio mediante una terrible salida del mar y les instó a refugiarse en el cerro sagrado que ella habitaba, donde sólo unos pocos concurrieron. Producida la inundación, a medida que las aguas subían “Tren tren” elevaba el cerro hasta acercarse al sol. Los refugiados se salvaron y los que fueron alcanzados por las aguas quedaron convertidos en peces, cetáceos y rocas.

 

El río Malleo, nacido en el lago Tromen alimentado con las nieves del Lanín pasaba cerca, entonces orientado por Carmelo y por mi mapa una mañana salí con la intención de recorrerlo, siguiendo su curso oeste/este, hasta su confluencia con el río Aluminé, de allí volvería por este para girar “en redondo” a la altura de Malleo y llegar hasta la reserva al anochecer, el recorrido pensaba hacerlo en un día y así fue. Cargué víveres y mi cámara fotográfica y me lancé a recorrer esos parajes de indescriptible belleza. Como era otoño el follaje de los árboles variaba en un abanico de tonos desde rojizos hasta múltiples anaranjados y amarillos en contraste con verdes sobrevivientes en las copas de los pehuenes, de porte prehistórico, y un cielo demasiado azul. El agua del río es purísima como el deshielo que lo nutre y baja cantarina y transparente entre piedras suavizadas por años de convivencia. Cada tanto llegaba a alguna “ruka” (2), donde siempre fui bien recibido por esa gente tan pura y humilde. Las “rukas” tienen una sola puerta orientada siempre al este, por ser el punto cardinal “donde habitan las deidades”.

(2) Casa en lengua mapuche.

 

Disfruté plenamente de aquellas soledades kilométricas que me envolvían cual si estuviera parado en medio del cuadro de la Creación.

Caminando las curvas caprichosas de aquel río flanqueado en parte por raras figuras montañosas, que hacen más mágico el trayecto, llegué a la confluencia de ambos ríos a mediodía. El Aluminé, por más caudaloso, se lo engulle de un bocado al Malleo en ese lugar.

Llegué a mi abrigada carpa ya con fría noche oscura, cociné algo rápidamente y me di un “baño polaco” calentando agua en la misma olla de mi marmita para lavarme por partes mi humanidad. Me propuse dormir hasta el alba en mi inseparable bolsa de pluma de ganso, pero antes escuché por radio la noticia del tercer alunizaje, era mediados de abril y la Apolo 13 estaba en la solitaria Killen (3), imaginé entonces un paralelismo con mi también aventura en solitario por remotos parajes neuquinos, ese pensamiento fue el disparador para decidirme a llegar hasta el volcán Lanín al día siguiente.

(3) Luna en lengua mapuche

Bien temprano, luego de desayunar pan casero, tortas fritas del lugar y café, emprendí mi caminata hacia el oeste, teniendo como faro aquella mole vestida de novia que engalana la Cordillera de los Andes.

Mi única experiencia como andinista había sido el año anterior cuando escalé con nieve, sin equipo y en pleno invierno el Cerro Otto en Bariloche. Claro que el Otto semejaba un pigmeo comparado con el Lanín.

Perdí la noción de cuantos kilómetros caminé, subiendo y bajando faldas precordilleranas; fue pasado el mediodía que viendo que mi objetivo parecía burlarse de mi en su enormidad, que lo hacía engañosamente cercano, asumí mi misión como imposible y regresé sin más brújula que el sol hasta mi campamento. A media tarde observé una numerosa manada de guanacos transitando las serranías, fue como una postal que me unía a ellos en total libertad.

 

2

Conversando con Carmelo al otro día en la carpintería me dice:

Mañana a la tarde empieza el Nguillatun (4).

(4) Ceremonia mapuche religiosa/rogativa que se celebra solo una vez al año.

Te voy a llevar a verla, pero con una condición, la verás desde lejos sin ser visto por mis hermanos, es una reunión muy íntima y debes respetar eso. Vienen todos los miembros de la comunidad, podrás sacar fotos y quedarte el tiempo que quieras y dura tres días con sus noches.

¡Me sentí tan afortunado! Poder estar justo allí en el exacto momento del año donde se hace una ceremonia que tiene siglos de existencia, ni que lo hubiera planeado así, pero no, fue el azar quien me puso allí o quizás los lazos de lo que debe ser una única raza, la humana.

Al mediodía siguiente Carmelo me dejó solo en una colina a escasos  metros del “pillán lelfon” (5), mi panorama no podía ser mejor, desde allí vi como comenzaban a llegar las familias mapuches para hacer un campamento común que a media tarde ya tenía forma de círculo, en cercanía de la casa del cacique Lorenzo, con toldos, empalizadas de caña, fogones y niños correteando.

(5) Pampa de las rogativas.

En el centro se erigió un mástil con dos banderas, una amarilla, que simboliza el sol y otra azul, símbolo del cielo, junto a dos ramos de manzano, dos de pehuén, dos bandas con rosario de cascabeles y el “chel curá” (6)

(6) Algo así como un santo.

En un mástil mayor flameaba la bandera argentina (cosa que me emocionó, porque se sentían argentinos a pesar del olvido y la discriminación), este mástil señala el centro del “rewe” (7).  A los costados del “rewe” hicieron dos piras de leña como fogones sagrados. Dos carros cargados de víveres, ollas y otros elementos esperaban a la par. Dos jóvenes dormirían a su lado esa noche.

(7) Tronco tallado con escalones por donde sube la “machi” (8) en sus ceremonias

(8) Machi es la persona elegida por un espíritu superior para asumir la función de médico del cuerpo y del alma y es el oficiante principal del nguillatún.

Comencé a escuchar el sonido de las “trutrucas”, parecidas a un erque de sonido sordo, anunciando la víspera de la ceremonia. Carmelo me había dicho que volviera a la reserva por la noche y regresara a la colina antes del alba y así lo hice.

 

3

Antú(9) andaría recién iluminando el Atlántico cuando dejé mi campamento, mate amargo y tortas fritas de por medio, el frío aumentado por el “viento de arriba” (de la cordillera) me cortaba la cara al subir a mi observatorio, al que llegué con la penumbra del alba y al son, otra vez, de las “trutrucas”.

(9) Sol en lengua mapuche.

Había mucho movimiento allá abajo, gente ensillando caballos, ungiendo las yuntas de bueyes a los carros, mujeres adornándose con mantos, cinturones, vinchas y hermosas artesanías de plata con forma de cruz en sus pechos y en sus frentes. Dos caballos fueron elegidos y se les pintaron sus patas a rayas negras y rojas. Entre sonidos de tambor y gritos los jinetes montaron para comenzar la ceremonia. Se formó una columna con el Cacique Lorenzo adelante flanqueado por dos “jóvenes sagrados” de a caballo con las banderas azul y amarilla. Detrás, todo mapuche hombre que tenía caballo (eran escasos), a continuación y de a pie una  anciana, dos doncellas, niñas y el resto de las mujeres llevando las tinajas con “mudzai” (10), tizones encendidos y bebés en brazos. Cerraban la fila los bueyes tirando de los carros.

(10) Bebida fermentada a base piñón.

Eligieron dos corderos de un rebaño y un caballo y los llevaron al “rewe”. Los jinetes dieron cuatro vueltas (remolino) alrededor del mástil y luego se dirigieron al este para convocar al gran padre “Futa Chao”, mientras que al demonio “Huecufe” le dedicaron gritos para conjugar sus maleficios y mantenerlo lejos y un coro de mujeres cantaba al son de los tambores. Esta ceremonia la repitieron cuatro veces. Regresaron para encender los fogones, descargar los víveres y enseres. Las banderas fueron colocadas en el mástil, ataron los dos corderos y el caballo a él y se depositaron las tinajas con el “mudzai”, mientras los dos jóvenes sagrados todavía montados miraban al este.

Entre cánticos de las ancianas hicieron ofrendas a “Ñuque mapu” (11) y “Futa chao”, comenzaba la rogativa…, hombres a torso desnudo encabezados por el cacique, con platos con “mudzai” y hierbas dieron cuatro vueltas alrededor del “rewe”, se hincaron y recitaron la plegaria que consiste en pedirle a “Futa chao” Buen cielo, buena parición, fuerza, trabajo, larga y buena vida y salud para los hijos…, simultáneamente vuelcan el contenido de los platos en el “rewe” y con sus manos elevadas al cielo empujan las oraciones. Lorenzo fumó en su pipa y el resto en cigarros para lanzar cuatro bocanadas de humo hacia el este.

(11) Madre tierra.

La ceremonia con sus distintos actos siguió hasta muy tarde. Al irme a descansar, mujeres y hombres estaban bailando el “purrum”, un baile alegre de saltitos y cadencias con todos los instrumentos sonando, incluidas las “pifülcas” una especie de flauta vertical.

Caminé hacia mi campamento, acompañado por aquellos sones antiquísimos que me abrigaban del viento helado que pretendía congelar mi rostro y esa noche soñé con Incas empujando a mapuches hacia el sur y resistiendo luego a la conquista española en base a la defensa de su “Mapu” (12), organizados en clanes autónomos que a la vez lograban una formidable unidad tribal y social que conseguía conservar libres sus tierras y su cultura durante la invasión genocida. Ya muy de madrugada aquella gente ya no guerrera, enfundada en ponchos y mantas, dormirían junto a su “rewe” quizás soñando con dioses, espíritus y música, todos elementos de una fe sencilla, ancestral y tan válida como cualquier otra.

(12) Tierra.

 

4

Comenzaba el último día del Nguillatun, después de tres horas de rogativa y nuevos remolinos, los mapuches se reunieron en familia en una especie de desayuno, mates, tortas fritas, churrascos y carne hervida en abundancia. Luego siguieron con sus bailes, cánticos y danzas. Alrededor de las 15 hrs. almorzaron.

Llegó la hora del sacrificio de los corderos y el caballo, fueron quemados en el fuego sagrado, reservando cueros y espinazos, estrujaron los corazones clavados en ramas de manzano, para sangrar su savia escarlata sobre las llamas, mientras aventaban el humo hacia el cielo, camino a  los dioses. Los cueros, espinazos y corazones fueron enterrados lejos, en el cerro, dejando los palos al aire como ruego de bendición para los animales.

Los jinetes volvieron en prolija formación para hacer el último remolino y las mujeres danzaron el postrer “purrum” en derredor de las cenizas de los fuegos sagrados ya moribundos. Los hombres bebieron “mudzai”. Los sonidos y las tonadas se hicieron más sonoros como expresando la alegría de haberse comunicado con sus deidades.

La gente más representativa de la comunidad, encabezados por su cacique guardaron banderas e instrumentos hasta el próximo año, simultáneamente el resto desarmó el “rewe” y levantaron sus toldos y “pilchas” que cargaron en sus carros.

Y mientras las plegarias aún viajaban por los cielos para ser escuchadas por “Futa Chao”, como en una diáspora judía las familias regresaban cansinas a sus “rukas”, a su pobreza, a sus vidas de marginación, al irrespeto de los descendientes de la conquista.

 

Agradecimientos:

A Carmelo Nicasio Antinao por sus incomparables enseñanzas, su amistad y su cordialidad.

A la Comunidad Mapuche en general por seguir cuarenta años más tarde su lucha justa y reivindicatoria.

 

#DondeEstáAlcedoMora

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.